Los invitamos a leer este cuento en equipo, y a reportar (postear) sus reflexiones.
Cariños
Equipo AMaTE
EL FUEGO EN LA MONTAÑA
Dice la gente que antaño, en la ciudad de Addis Abeba vivía un joven llamado Arha, que había llegado de niño de la región de Gurage, convirtiéndose en sirviente de un rico mercader, de nombre Hapton Hasei. Haptom Hasei era tan rico que poseía todo lo que podía comprar con dinero y a menudo se aburría mucho pues estaba cansado de todo lo que conocía y no encontraba nada nuevo que hacer. Una noche fría, cuando el húmedo viento soplaba por la meseta, Hapton llamó a Arha y le dijo que echara leña al fuego. Cuando Arha terminó, Hapton comenzó a hablar.
-¿Cuanto frío puede aguantar un hombre?- se dijo, primero como preguntárselo a sí mismo-. Me gustaría saber si es posible que un hombre pase una noche entera en el pico más alto de la montaña, en el Monte Intotto, donde sopla el viento más helado, sin mantas ni ropas, y sobrevivir.
- No lo sé – dijo Arha-, pero ¿no sería una locura?. - Quizás, si no tuviera nada que ganar, sería una locura pasar la noche de esa manera- dijo Hapton-, pero estoy dispuesto a apostar a que nadie puede hacerlo. - Estoy seguro de que un hombre valiente puede pasar desnudo una noche sobre el Monte Intotto y no morirse -dijo Arha-, pero como yo no tengo nada que apostar, no me incumbe. Bueno, escucha - dijo Haptom-, Como estás seguro de que puede hacerse, te apuesto lo siguiente: si puedes resistir entre las rocas del Monte Intotto durante toda una noche sin comida y sin agua y sin vestidos o mantas y sin fuego, te daré diez acres de buena tierra, casa y ganado, en propiedad.
Arha apenas podía creer lo que oía. -¿Lo dices de veras?- preguntó. -Soy un hombre de palabra- replicó Haptom. -Entonces mañana a la noche lo haré -dijo Arha – y, después durante todos los años que me queden por vivir, cultivaré mi propia tierra.
Pero se quedo muy preocupado, pues el viento azotaba con rigor el alto pico. Entonces a la mañana siguiente Arha acudió a un viejo de su propia tribu que tenía fama de sabio y le contó la apuesta concertada. El viejo escuchó pacientemente y cuando Arha terminó dijo:
Te ayudaré. Frente al Monte Intotto, más allá del valle, hay una roca que se ve durante el día. Mañana a la noche, cuando se ponga el sol, encenderé allí un fuego de modo que tú lo puedas ver mientras estas en el pico. Toda la noche debes observar la luz de mi fuego. No cierres los ojos o permitas que la oscuridad se meta en tu cuerpo. Mientras observes mi fuego piensa en mí, tu amigo, que esta allí cuidándolo para ti. Si lo haces sobrevivirás, por más intenso que sea el viento. -Arha agradeció de todo corazón al viejo y volvió a casa de Haptom mucho más tranquilo. Le dijo a su amo que estaba listo y a la tarde éste lo envió, bajo la vigilancia de otros servidores, hasta la cima del Monte Intotto.
-Allí, cuando cayó la noche Arha se sacó las ropas y se quedó a merced del frío y húmedo viento que barría la meseta. Más allá del valle a varias millas de distancia, Arha vio la luz del fuego de su amigo que brillaba como una estrella en medio de la oscuridad.
El viento comenzó a soplar cada vez más helado. Parecía que le traspasaba la carne y le penetraba hasta la medula de los huesos. La roca sobre la que estaba parecía el hielo. A medida que pasaban la horas el joven se sentía mas aterido, hasta que pensó que ya nunca mas recuperaría el calor, pero con todo mantenía sus ojos clavados en la luz que brillaba más allá del valle y recordaba que su viejo amigo estaba allí sentado cuidando el fuego para el. A veces la niebla no dejaba ver la luz, pero el seguía mirando hasta que se despejara .
Comenzó a estornudar y a toser y a sentirse enfermo. Sin embargo estuvo allí toda la noche y solo cuando llego la aurora se puso las ropas y bajo la montaña llegando a Addis Abeba.
Haptom se sorprendió mucho al ver de nuevo a Arha y pregunto minuciosamente a sus sirvientes: -¿ Estuvo toda la noche sin comida y sin bebida y sin mantas y sin ropas?.- Sí- dijeron los sirvientes-, así lo hizo. Bueno, eres un hombre fuerte – dijo Haptom a Arha- ¿Cómo te las arreglaste para hacerlo?.
Simplemente observé la luz de un fuego encendido en una lejana montaña-dijo Arha. ¿Cómo? ¿Observaste un fuego? Entonces perdiste la apuesta y sigues siendo mi sirviente y no posees ninguna tierra!- exclamó Haptom. -¡Pero el fuego estaba tan lejos que no podía calentarme , estaba mas allá del valle!. - No te daré la tierra –dijo Haptom-. No cumpliste con todas las condiciones: Fue solo el fuego el que te permitió quedarte allí.
Arha se quedo muy triste. Fue de nuevo a ver a su viejo amigo y le contó lo sucedido. Lleva el caso ante el juez - el viejo-el viejo le aconsejó. Arha acudió al juez y presento su queja. El juez mando a llamar a Haptom. Cuando Haptom hablo y los sirvientes dijeron que Arha había observado el fuego distante que brillaba más allá del valle, el juez dijo: -No tú has perdido la apuesta, pues Haptom Hasei había puesto como condición que no hubiera fuego-.
Una vez más Arha fuese hasta su viejo amigo con la mala noticia de que estaba condenado por toda la vida a la servidumbre, como si no hubiera pasado por toda por la tremenda prueba de la noche en la montaña. - No desesperes- dijo el viejo-. Hay más sabiduría, en las montañas que en cualquier juez de la ciudad.
Se levantó, y se fue a buscar un hombre llamado Hailú, en cuya casa había servido en su juventud. Explicó entonces a este buen hombre la apuesta que habían hecho Haptom y Arha y le preguntó si no quedaba algo por hacer. - No te preocupes- dijo Hailú después de pensar un rato-.
Yo me ocupare del caso.
Pocos días después Hailú invitó a muchas personas de la ciudad a una fiesta que daba en su casa. Haptom estaba entre los invitados y también el juez que había sentenciado que Arha había perdido la apuesta.
Cuando llegó el día de la fiesta, los invitados llegaron en mulas lujosamente enjaezadas, mientras sus siervos los seguían a pie. Haptom llegó con veinte de ellos, uno de los cuales sostenía una sombrilla de seda sobre su cabeza para protegerlo del sol y otros cuatro tocaban el tambor para anunciar la llegada de su amo.
Los Huéspedes se sentaron sobre suaves alfombras extendidas para ese fin y se pusieron a hablar. De la cocina empezó a llegar el aroma de exquisitos platos: cabra al horno, maíz y mijo asado, tortilla llamada injera y muchas salsas apetitosas. El olor de la comida abría cada vez más el apetito de los huéspedes.
El tiempo pasaba. La comida debía ya haberse servido, pero nadie la veía, aunque se seguían oliendo los vapores que llegaban de la cocina. Llegó la noche, y la comida no se sirvió. Los huéspedes comenzaron a cuchichear. Era muy extraño que el honorable Hailú no hubiera presentado la comida. Los olores seguían saliendo de la cocina. Por fin, uno de los huéspedes habló en nombre de todos. -Hailú ¿Por qué no haces esto? ¿Por qué nos invitas a una fiesta y luego no nos sirves nada?- Pero hombre, ¿no puedes acaso oler la comida?. preguntó Hailú muy sorprendido. - Claro que la olemos, pero oler no es comer. ¡No es nutritivo!- dijo el invitado. -¿Y hay calor en un fuego que está distante que casi no puede verse?-pregunto Hailú-. Si Arha fue calentado por el fuego que observo mientras estaba sobre el Monte Intotto, entonces vosotros os habéis alimentado con los perfumes que salen de mi cocina.
Todos estuvieron de acuerdo con él. El juez vio su error y Haptom se avergonzó. Agradeció a Hailú por su lección y anunció que desde entonces Arha era dueño de la tierra, la casa y el ganado prometidos. Luego de lo cual Hailú hizo servir la comida y comenzó el festín.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario