miércoles, 20 de agosto de 2008

Cuento de la semana 9

Hola a todos,
les enviamos este cuento previo a la segunda reunion de facilitadores.

Muchos cariños

Equipo AMaTE

A Los Tigres y las Cabras
relatado por Joseph Campbell

Para finalizar, me permitiré un breve cuento hindú sobre animales. Los relatos de la India son maravillosos, e iluminan las cosas instantáneamente, en un chasquido de los dedos. Esta fábula en particular era la preferida de Ramakrishna.
Hubo una vez una tigresa que estaba preñada y se moría de hambre. Llegó hasta un pequeño rebaño de cabras, y en su desesperación saltó con extrema brusquedad. Las cabras se dispensaron, ella cayó de panza, eso hizo nacer a su pequeño, y la tigresa murió. Las cabras regresaron a donde habían estado. Y como tenían muy fuertes instintos paternos y maternos, vieron a ese tigre recién nacido junto a su madre muerta y lo adoptaron.
El tigre creció creyendo que era una cabra. Aprendió a comer hierba, aprendió a balar. No podía verse en un espejo, de modo que ignoraba que no era una cabra. Por supuesto, ni la hierba ni los balidos son algo natural para los tigres, y cuando llegó a la adolescencia era un ejemplar bastante lamentable de esa especie.
Entonces cierto día, un enorme tigre macho que había estado cazando se abalanzó sobre el pequeño rebaño, y nuevamente las cabras se dispersaron. Pero el pequeño huérfano, que después de todo era un tigre, se quedó quieto allí, frente al invasor.
El gran animal lo miró sorprendido, y le preguntó: “¿Qué haces aquí viviendo con las cabras?”.
“Beeee”, respondió el joven tigre, y mordisqueó un poco la hierba.
Y bien, el gran varón quedó mortificado. ¡Qué conmoción, encontrar un miembro de su especie en esas condiciones! Le dio al jovenzuelo uno a dos sopapos y solo obtuvo esos tontos balidos. Desesperado atrapó al pequeño por la nuca y lo llevó hasta un estanque tranquilo.
Ahora bien, como ya he dicho, la idea del yoga es que las ondas de la mente deben aquietarse, ser como un estanque sereno, y entonces puede verse la imagen perfecta. De modo que el pequeño miró hacia el estanque apacible. El grandote, el gurú, miró hacia allí también. El gurú dijo: “Mira mi rostro. Mira el tuyo. Tienes el rostro flagrante de un tigre. No eres una cabra. Eres como yo: actúa como yo”.
El pequeño emitió otro tonto balido, pero empezó a comprender algo.
De nuevo el tigre grande agarró al pequeño por la nuca. Y esta vez lo llevó a su guarida, donde había una gacela muerta recientemente, toda sangrante, linda y deliciosa. El enorme tipo arranca un buen trozo de esta cosa y lo empuja hacia el pequeño.
El pequeño retrocede disgustado: “Soy vegetariano”. “Fíjate ahora”, dice el grandote, y traga entera la carne sangrienta.
El pequeño siente náuseas. Y en este punto Ramakrishna dice: “Esto le pasa a todos ante la doctrina auténtica” Sintió náuseas, es cierto, pero eso comenzó a bullir en sus venas, y comenzó a sentir que zumbaba algo que nunca había sentido antes: el alimento apropiado.
Espontáneamente, su propia naturaleza de tigre se apoderó de él y, sin saberlo siquiera, se estiró como un tigre y emitió algo que no era siquiera un rugido, pero fue suficiente para el grandote que sabía algo sobre rugidos y lo reconoció como una posibilidad.
El tigre adulto dijo: “Henos aquí ahora. Vayamos hacia los matorrales y comamos comida de tigre”.
Me gusta esta historia, y se la cuento a mis alumnos, y cuando les pregunto cuál es la moraleja, la respuesta que recibo es: “Ponga un tigre en su estanque”. Pues esto es lo que el relato nos cuenta: todos somos tigres viviendo entre cabras. De modo que intérnate en la selva, y en la espesura de la noche encuentra al tigre que brilla ardientemente en tus más recónditas profundidades.

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